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Cómo superar el miedo en escalada: por qué cuanto más lo evitas, más crece

Si llevas tiempo intentando superar el miedo a caer en escalada y nada funciona, puede que el problema no sea el miedo — sino lo que haces para evitarlo.

Hay una paradoja que veo una y otra vez en consulta.

Alguien llega con miedo. Ha estado intentando resolverlo durante meses, a veces años. Ha probado de todo. Y sin embargo, el miedo está peor que al principio.

No porque haya hecho algo mal. Sino porque la forma más instintiva de responder al miedo — apartarse de él, evitarlo, rodearlo — es exactamente lo que lo alimenta.


Lo que el cuerpo aprende cuando evitas

Cuando sientes miedo en la pared y haces algo para no sentirlo — bajas, coges la cinta, dejas de intentar el paso, evitas ese sector la próxima vez — tu sistema nervioso registra algo muy concreto:

Había peligro. Me aparté. Estoy a salvo.

Y eso, que en el momento trae alivio, le enseña a tu cuerpo una lección que no querías enseñarle: que la situación era efectivamente peligrosa. Que la respuesta correcta era huir.

La próxima vez que estés en una situación similar, la alarma se disparará antes. Con más intensidad. Porque tu cuerpo ya “sabe” lo que tiene que hacer.

Así es como el miedo crece. No porque la escalada sea más peligrosa. Sino porque cada evitación es una confirmación de que había algo de lo que huir.


María: cuando el cuerpo decide por ti

María es odontóloga, lleva cinco años escalando. Cuando llegó al curso, me contó algo que reconozco muchísimo: no sabía exactamente cuándo había empezado todo.

Al principio era algo puntual. El corazón se aceleraba, le sudaban las manos, algún día de calor hasta sintió un leve mareo. Pero pasaba, y seguía.

Algunos días se forzaba y llegaba a la reunión agotada, sin ganas de más. Otros decidía ser amable consigo misma, cogía la cinta, se quedaba colgada respirando hasta calmarse — y luego repetía eso en cada chapa.

Tenía sentido. Era razonable. Y sin embargo, durante el último año el miedo había ido en aumento.

Cuando llegó al curso ya no solo lo pasaba mal escalando. Los nervios empezaban el viernes por la noche, en casa, cuando decidían qué harían el fin de semana. A veces en la furgoneta, antes de llegar al sector.

“No quiero dejar de escalar. Pero he perdido la motivación. Ya ni siquiera disfruto al pie de vía.”

Lo que María no veía — y es completamente comprensible — es que cada vez que cogía la cinta para calmarse, cada vez que bajaba cuando la activación subía, le estaba diciendo a su sistema nervioso que tenía razón. Que aquello era peligroso. Que mejor parar.

El alivio era real. El aprendizaje, el equivocado.


Juan: la teoría perfecta, el cuerpo bloqueado

Juan llegó con algo que también veo con frecuencia: lo sabía todo.

“En rocódromo hago bastante más que en roca. He leído mucho. La teoría me la sé. Pero no soy capaz de intentar el paso cuando estoy por arriba de la chapa.”

Había practicado caer mucho, caer poco, hacer volumen en vías fáciles, obligarse a subir cuando sentía miedo. Nada funcionaba. La frustración crecía. Y desde hacía unos meses, el malestar llegaba incluso antes de ir a escalar.

La clave, me dijo, para pedir ayuda fue que ya no tenía ganas de ir. Cuando antes, incluso con miedo, siempre quería ir a roca. Si la pared no iba bien, al menos estaba en la naturaleza con sus amigos.

Eso se había ido.

Lo que Juan no podía ver desde dentro es que muchas de las cosas que había intentado — obligarse a subir, forzar caídas sin metodología — en lugar de enseñarle a su cuerpo que la situación era segura, habían aumentado la asociación entre escalar y malestar. Más intentos, más frustración, más confirmación de que algo iba mal.

Lo primero que hicimos fue parar. Atender todo ese dolor acumulado. Volver a buscar la alegría en la situación de escalada, sin buscar resultados.

La motivación subió casi enseguida. No porque hubiéramos trabajado el miedo directamente — sino porque habíamos quitado el palo de la rueda.

En semanas pudo disfrutar. A los dos meses pudo volver a exigirse. A los cuatro había superado su grado máximo, tanto ensayado como a vista. Pero lo que más le importaba no era el número — sino que reflejaba sus ganas de ir a más. Algo que había recuperado porque el bucle miedo-evitación-frustración se había disuelto.


Lo que tienen en común estas dos historias

Dos personas muy distintas. Dos formas diferentes de vivir el miedo en escalada.

Pero en ambas hay el mismo patrón: un intento de solución razonable, comprensible, que sin quererlo estaba manteniendo vivo el problema. O haciéndolo crecer.

Coger la cinta para calmarse. Obligarse a subir sin metodología. Evitar el sector que da miedo.

Todas estas cosas traen alivio a corto plazo. Y todas ellas, a medio plazo, alimentan lo que intentan resolver.

No porque quien las hace esté haciendo algo mal. Sino porque el miedo funciona así. Y si no se conoce ese mecanismo, es muy difícil salir del bucle.


La salida no es forzarse. Es aprender de otra manera.

La alternativa a la evitación no es la exposición brutal. No es tirarse a caer sin preparación, ni obligarse a subir cuando el cuerpo está a mil.

Es algo más sutil y más efectivo: aprender, de forma gradual y ordenada, que la situación es segura. Construir esa evidencia desde adentro. Desde la alegría, desde la curiosidad, desde el disfrute — no desde la obligación.

Cuando eso ocurre, el miedo no desaparece. Pero deja de ser una orden. Y tú vuelves a poder elegir.

Si te reconoces en alguna de estas historias y sientes que el bucle ya lleva demasiado tiempo girando, puedes encontrarme en consulta online o presencial en Cataluña, o en el curso de gestión del miedo en escalada.

Sol


Psicóloga General Sanitaria · Psicología del Deporte · Terapia Breve Estratégica
Consulta online y presencial en Cataluña
www.solgiadorou.com

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